Con los ojos aun cerrados extiendo la mano y palpo a ciegas la superficie de mi mesita de noche. Encuentro el anillo que me quité antes de acostarme, la botella de licor que me bebí y el paquete de cigarrillos casi acabado. Finalmente consigo localizar la radio despertador con pantalla luminosa que me regalaste en mi último cumpleaños. Marca las doce y media. Echando hacia atrás el brazo, para coger impulso, estampo el reloj contra la pared. El ruido producido me confirma la sospecha, definitivamente me va a estallar la cabeza. Las secuelas físicas de la noche pasada se hacen más evidentes cada segundo que pasa. Tengo los ojos hinchados y me escuecen con cada parpadeo. Intento incorporarme y a duras penas lo consigo. Noto un dolor agudo un poco más abajo de la rodilla derecha, el cual me hace recordar que tropecé con la mesa antes de llegar a la cama. Abro el cajón de la mesilla y me hago con un par de paracetamoles que trago con los restos de tu whisky preferido. Lo irónico de la situación me provoca una sonrisa… te maldigo… Arrastrándome llego a la ventana y al subir la persiana descubro un sol radiante que de nuevo ha optado por iluminar esta asquerosa ciudad.
En una hora partirás en ese avión. Podría correr al aeropuerto y suplicarte que no te vayas, pero esta es mi vida, no una película romántica y sé que no serviría de nada.
La imagen que descubro en el espejo del baño es peor de lo que imaginaba. Me cuesta reconocerme en el reflejo que proyecto. Recuerdo que ayer mismo me daba aquí los últimos retoques antes de verte. Recuerdo también que sonreía feliz… parece que haya pasado un siglo. Abro el armario disimulado detrás del espejo y recuerdo que te encantaba esconder cositas en él para que yo las encontrara. Resulta paradójico que saque de aquí el bote de antidepresivos que acabará con todo. Está entero… Te negaste a tomarlos y ahora me alegro. Queda una botella de ron en la vitrina, será suficiente. No sé cuantas pastillas hay que tomarse para morir de sobredosis. Al principio las ingiero de una en una, despacito, no hay prisa… miro el frasco y aún hay demasiadas así que empiezo a introducirme puñados en la boca… un par de ellos, otro más, por si acaso.
Resultan increíbles las bobadas que uno se plantea cuando sabe que se muere. Pienso en los hijos que ya no tendré, los lugares que ya nunca visitaré y en el cuerpo que no volveré a sentir… el tuyo. Imagino que al enterarte te surgirán dudas, espero que esta despedida que te dejo te aclare alguna. Empiezo a notar los pies entumecidos, un cosquilleo asciende por mis piernas y desde luego, no es desagradable. Tengo sueño, tanto que me impide seguir escribiendo.
Esta vez sé que no despertaré.
Cristina Gaona Pérez
En una hora partirás en ese avión. Podría correr al aeropuerto y suplicarte que no te vayas, pero esta es mi vida, no una película romántica y sé que no serviría de nada.
La imagen que descubro en el espejo del baño es peor de lo que imaginaba. Me cuesta reconocerme en el reflejo que proyecto. Recuerdo que ayer mismo me daba aquí los últimos retoques antes de verte. Recuerdo también que sonreía feliz… parece que haya pasado un siglo. Abro el armario disimulado detrás del espejo y recuerdo que te encantaba esconder cositas en él para que yo las encontrara. Resulta paradójico que saque de aquí el bote de antidepresivos que acabará con todo. Está entero… Te negaste a tomarlos y ahora me alegro. Queda una botella de ron en la vitrina, será suficiente. No sé cuantas pastillas hay que tomarse para morir de sobredosis. Al principio las ingiero de una en una, despacito, no hay prisa… miro el frasco y aún hay demasiadas así que empiezo a introducirme puñados en la boca… un par de ellos, otro más, por si acaso.
Resultan increíbles las bobadas que uno se plantea cuando sabe que se muere. Pienso en los hijos que ya no tendré, los lugares que ya nunca visitaré y en el cuerpo que no volveré a sentir… el tuyo. Imagino que al enterarte te surgirán dudas, espero que esta despedida que te dejo te aclare alguna. Empiezo a notar los pies entumecidos, un cosquilleo asciende por mis piernas y desde luego, no es desagradable. Tengo sueño, tanto que me impide seguir escribiendo.
Esta vez sé que no despertaré.
Cristina Gaona Pérez